| Ella [Original] Estado: No Toy
02-ene-2009
Bueno, esta es una historia original que comenze a escribir hace varios meses, ya que escribir suele relajarme.
No creo que sea una historia apta para todos los públicos, no hay violencia ni sexo esplicito pero aun así sigo opinando que no es apta para todos. Aun así no pondre edades recomendadas, que cada cual juzgue por si mismo.
Hecha la advertencia os agradezco que os molesteis en leer esta modesta pieza literaria, no se si sera de vuestro agrado, pero espero que, al menos, os entretenga u os resulte interesante, sin más: Ella. Capitulo primero: Monotonía
La mañana era clara y fría, los últimos coletazos del largo invierno, el sol tomaba posiciones en un cielo hasta hacia poco dominado por las grises nubes de la lluvia. Pero la mayoría de los jóvenes que marchaban bajo el incipiente sol se mostraban ajenos a algo tan lejano a ellos como el lento declive del invierno.
Estos avanzaban sin prisas, en pequeños grupos o en solitario, charlando animadamente la mayoría, apurando el desayuno unos pocos, algunos le daban una última calada al cigarrillo. A pesar de toda esta heterogeneidad, todos se dirigían con la misma desgana al mismo la más prestigiosa escuela de toda la ciudad, y todos a pesar de sus dispares orígenes representaban lo mismo. Monotonía, aburrimiento, tedio.
Este era el pensamiento que se había instalado en la mente de una de las jóvenes que caminaba hacia la escuela.
Aunque no lo pareciesen todos aquellos jóvenes que marchaban hacia la escuela eran lo mismo, al igual que el camino que recorría, como los edificios que veía, los mismos que todas las mañanas.
Odiaba todo eso. Todas las mañanas se repetía la misma historia, todas las mañanas dejaba atrás los mimos edificios, veía los mismos rostros, escuchaba las mismas voces, todo siempre volvía; podía haber pequeñas variantes en los matices, pero el fondo era lo mismo. Apretó con fuerza los dientes y agarro con fuerza los tirantes de su mochila al pensar en el círculo vicioso en el que se hallaba atrapada, siempre retornaba a lo mismo, daba igual que se aburriese o que se divirtiese, todo, siempre, retornaba a lo mismo. Cuantas veces no hubiese deseado ser alguien del montón, que jamás se detendría a pensar el algo así.
La mayoría de sus compañeros también odiaban ir a la escuela. Pero Ella era distinta, no odiaba la escuela, odiaba la monotonía; no la monotonía de realizar las mismas actividades diariamente, sino algo mucho peor, la certeza de que la vida siempre será igual. Y eso era algo que la asfixiaba hasta desear huir de eso destino mediante la mas lúgubre de las puertas, la del suicidio. Muchas veces una voz tentadora le había hablado al oído seductoramente, aconsejándola que se abandonase a la comprensiva Parca, pero el miedo al dolor que pudiese sentir durante la partida la había detenido.
Sin prestar atención a sus pasos, sus piernas ya la habían llevado casi hasta su destino, los baños femeninos. Como siempre, antes de entrar en clase, empujo la puerta y se introdujo en la estancia que por su elegancia parecía más adecuada en un palacio que en una escuela. La mayoría de sus compañeras apuraban los últimos instantes antes de entrar en la escuela y las pocas que no se encontraban fuera ya llevaban casi cinco minutos en el aula, por lo tanto su intimidad en los baños era completa. Mojo sus manos en agua fría y se salpico la cara, después de sentir como un escalofrío recorría su columna, accionó el agua caliente y, haciendo un cuenco con sus manos, las acerco a su cara. Seco sus manos y observo su reflejo en el espejo colocado sobre el lavabo.
Se trataba de una mujer joven, aun no había alcanzado la veintena pero su madurez saltaba a la vista, una larga melena rubia que casi llegaba hasta la cintura enmarca un rostro de una palidez aristocrática. Una tez blanca como la nieve servia de base para un hermoso rostro donde destacaba una boca que dejaba asomar unos dientes blancos como perlas y delimitada por unos labios carnosos y de un declarado color carmesí, que le daban un toque de voluptuosidad a un rostro donde también sobresalía una respingona nariz; y, además, unos impresionantes ojos claros, la dulzura asomaba en ellos, pero no se trataba mas que de una ilusión, puesto que mas al fondo se divisaba una muralla de hielo y mas allá, un profundo pozo de odio, ira y frustración.
Su silueta era esbelta, y al haberse despojado del blanco abrigo que la protegía del frío era posible observar las formas corporales que el también blanco uniforme escolar era incapaz de ocultar, de sus gráciles hombros pendían unos estilizados brazos que terminaban en unas finas manos que parecían demasiado delicadas de realizar el mas sencillo de los trabajos manuales.
Su pecho sobresalía con generosidad pero de manera proporcionada y su fina cintura dejaba paso a unas estilizadas piernas que surgían bajo su minifalda y que mostraban su perfección hasta que unos caídos calcetines blancos asomaban tímidamente como culpables de ocultar tanta belleza, que finalmente era recluida en unos elegantes zapatos negros.
Si hubiese que emplear un único adjetivo para describirla ese seria hermosa.
Sujetando su abrigo y mochila con ambas manos entro en la clase aun casi vacía y soltó sus objetos en su pupitre. La clase, al igual que los baños, mostraba una elegante decoración que mostraba que los que asistían a aquella escuela eran los vástagos de las principales familias locales o los mejores alumnos de la región. Ella pertenecía al primer grupo.
Poco a poco el resto del alumnado llego a clase, y por último, entró la profesora. Al igual que todas las mañanas fingió prestar atención mientras oía fechas, nombres, sucesos, datos, formulas; tan irrelevantes, inútiles y poco interesantes que jamás las memorizaría, las pocas veces que escuchaba algo de interés era algo que ya conocía.
Llego la hora de salir al patio, casi todos los alumnos de la escuela elegían el patio cubierto para pasar el recreo pero ella no era incapaz de soportar la sensación de sentirse prisionera, por lo que siempre escogía salir al patio exterior. Aquella mañana, debido al frío, era la única que había elegido el patio exterior, se encontraba sola. Completamente sola. Era extraño lo que le inspiraba la soledad. No le agradaba, pero incluso cuando se hallaba rodeada de gente seguía sintiéndose sola, la gente jamás la entendería y eso era igual a encontrarse sola. O lo que era peor y más frecuente se hallaba rodeada de gente francamente inferior, no estaba segura de si Ella era superior a ellos o ellos inferior a Ella pero era algo desesperante. Solo conversaciones estúpidas y vacías, reflejo de si mismos. Le daban asco.
Prefería la soledad a esa clase de personas. Y esa era la clase mayoritaria.
Pudo observar lo hermoso del día, el cielo se mostraba completamente azul, y las montañas resplandecían de un vivo color verde gracias a la hierba. Sin ir tan lejos, tenía una gran panorámica de buena parte de la ciudad. El colegio se hallaba en la parte principal de la ciudad, elegantes paseos y verdes parques separaban elegantes edificios, en estos era posible divisar toda clase de establecimientos. A una altura superior se encontraba la zona residencial, elegantes palacetes y mansiones que ocupaban las principales familias. Ella tenía su casa allí. En la zona mas baja de la ciudad se hallaban los suburbios que rodeaban cualquier gran ciudad, en su zona mas alta no se trataba de una mala zona para vivir, pero a medida que se bajaba se llegaba al centro de delincuencia de la localidad. Al pensar eso no pudo evitar sonreír, la clase de delincuencia que era perseguida por la ley, los delincuentes que verdaderamente movía millones vivía en la zona residencial… Pero eso no importaba a quienes ostentaban el poder, Ella lo sabia bien, Ella pertenecía a esa clase dirigente.
Su padre había hecho fortuna durante las grandes crisis de principios de siglo, durante los azarosos años en los que muchos perdieron todo lo que poseían, su padre tuvo visión y compro todo aquello que tenia alguna posibilidad de reportarle algún dinero. Pasadas las crisis, sus acciones de empresas de los sectores claves para la reconstrucción económica del país, lo convirtieron en uno de los hombres más ricos de la nación, y, dispuesto a serlo todavía más, se desposó una rica heredera, que le aportó, sobre todo, las influencias que tanto necesitaba.
Su madre por el contrario había nacido en una gran familia de augusto apellido, la historia de toda la región estaba íntimamente ligada a la de su familia, hacía siglos que su familia figuraba entre la gran aristocracia terrateniente, y con el paso de los años sus negocios se habían ido adaptando y diversificando. Ese prestigio y diversificación permitió que ella pudiese mantener sus principales actividades económicas durante las turbulentas crisis, aun así, la necesidad de dinero fresco la llevó a un matrimonio de conveniencia con un nuevo rico, él aportaba su liquidez, y ella, su apellido e influencias. Una vez las aguas volvieron a su cauce, la crisis había eliminado a sus antiguos competidores, lo que afianzó sus posiciones.
Convertidos en una de las grandes fortunas del país, concedieron importantes créditos a la nación y a las empresas emergentes, lo que contribuyo a enriquecerles todavía más. Años más tarde se lanzaron a una carrera política lo llevó a él a convertirse en una gran figura de importancia capital en toda la nación mientras ella se hacia cargo de los negocios.
De esa unión tan particular había nacido Ella, desde muy pequeña había sido educada para ser una gran dama, había aprendido política y economía, y a comportarse, entre otras muchas cosas, pero también a mentir y a manipular.
Llegó la hora de volver a clase y el día no mejoro, todo continuaba igual, tal y como esperaba, siempre se repetía lo mismo.
Por fin llego el momento de su tan ansiada libertad, pero no se trataba más que de una ilusión, seguía siendo prisionera de la vida, al igual que todos.
Se dirigió a su casa sin mayores preámbulos, tras entrar en su habitación arrojó su mochila a una esquina, no le apetecía hacer deberes. Hacia tiempo que había dejado de hacerlos. No era irresponsable, era realista, para alguien como Ella no eran necesarios. En la escuela ningún profesor le reprocharía nada, había aprendido a mostrarse sumisa y estúpida con ellos, eso, junto a sus apellidos, propiciaba le disculpasen esas faltas y que llegados el caso le aprobasen las materias necesarias sin mayores problemas. La vida funcionaba así, si tenias influencias podías hacer cuanto quisieses. En caso de que no las tuvieses… No eras nadie.
Tumbada en su cama contemplaba el cielo a través de la gran claraboya que ocupaba gran parte del techo, con el paso de los años había insistido en aumentar las partes acristaladas en su habitación, le gustaba ver el exterior. Y lo cierto es que el resultado final le agradaba de sobremanera. Era una estancia grande, muy grande, y además, se hallaba dividida en dos alturas, en la parte baja había de todo, desde un escritorio hasta un descomunal reproductor de música, pasando por ordenadores, juegos, libros… A un lado se encontraban dos puertas, una llevaba al baño, la otra al descomunal ropero, donde se amontonaba su ropa, en un curioso orden caótico. En la parte de arriba se encontraba su cama y unas grandes librerías que ocupaban casi todo el espació disponible.
En esta estancia y en los grandes jardines de la mansión hacia la mayor parte de su vida.
Tras un par de minutos, rodó hasta caerse de la cama e incorporándose, bajo al nivel inferior y tras poner música se sentó ante el ordenador.
Siempre le había agradado la música. Era la prueba de que el ser humano podía hacer algo hermoso. Una hermosa canción siempre la reconfortaba, puede que la deprimiese o la alegrase, pero siempre la reconfortaba.
Y el ordenador representaba la mejor ventana que pudiese existir, incontables mundos que se abrían ante ella, tantas posibilidades… Tantas posibilidades que eran ahogadas por un mundo ordinario.
Visito todas las páginas que visitaba normalmente mientras escuchaba las mismas canciones de siempre, no pudo evitar la sonrisa al pensar en la ironía de someterse voluntariamente a la monotonía que tanto detestaba.
Capitulo segundo: Pesadilla
Así que pensó en probar algo nuevo. Tenia que ser algo interesante. Varias ideas surcaron su mente velozmente, y la hicieron sonreír. Cuando el ordenador comenzó su búsqueda no podía evitar temblar de la excitación. Se trataba de cosas que siempre había deseado hacer o contemplar pero que nunca se hubiese atrevido, pero aquel día deseaba hacer algo nuevo. La sonrisa se iba haciendo mayor a medida que el tiempo pasaba y la excitación continuaba haciéndola temblar, pero aun quedaba el gran final, jamás se hubiese imaginado que contemplaría algo así.
Se levanto asqueada y corrió al baño, inclinándose sobre la taza del váter vomito varias veces, después se tumbó en el frío suelo. Aquellas últimas imágenes habían sido demasiado fuertes pero aun sentía una pizca de placer. Se levantó pesadamente y cogió un paquete de galletas de la despensa, mientras las mordisqueaba selecciono un bañador y se cambió. Necesitaba un chapuzón para recuperarse.
Salio al jardín y de un salto se zambulló en la piscina exterior, aunque fuera hiciese frío el agua estaba a una agradable temperatura de veintidós grados…
Después me pasar un rato nadando se encontraba mucho mejor aunque esas imágenes no se borraban de su mente, cada vez que lo recordaba le entraban ganas de vomitar de nuevo. Salió del agua y se despojo del rojo bañador dejándolo caer al suelo, alguien se encargaría de recogerlo. Ella simplemente se acostó, el agua solo había supuesto un alivio momentáneo, ahora se encontraba peor…
No se presentó para cenar, informó de ello por lo que sus padres no se preocuparon, siempre habían formado una familia muy independiente.
Durmió fatal, se despertó en muchas ocasiones, dormir desnuda y mojada había le había provocado una fuerte subida de fiebre.
Cuando se despertó a la mañana siguiente pudo ver como su bañador era recogido, y avisó que no iría a clase, no se encontraba nada bien.
Se levanto y se introdujo en la bañera con suavidad eso la hizo sentirse mejor, después cogió un camisón caliente y se dirigió de nuevo a su cama, limpia ya, gracias a los milagros de la domótica , de sus sudores durante la noche.
Recordó la pesadilla que había tenido durante la noche, la mayoría de los detalles habían huido de su mente pero recordaba claramente la parte final del sueño. Había dos chicas en su sueño, Ella era tan solo una espectadora. Ambas habían sufrido muchísimo a manos de otras personas que no recordaba, estaban cubiertas de sangre, una de ellas parecía haber perdido el conocimiento. La otra acarició su rostro mientras una lágrima se deslizaba por su cara, después se sentó delante suyo, dándole la espalda, y cogió un arma del suelo; y, tras gritar, atravesó el estomago de ambas, sus ojos parecían a punto de salir de sus orbitas, su rostro al igual que el de su compañera era un mudo grito de dolor, la sangre salpicaba sus manos, su espalda; encharcaba el suelo. Pero aun no habían fallecido, gritando se atravesaron de nuevo, y de nuevo, y de nuevo. La sangre no dejaba de salir y sus rostros reflejaban un gran sufrimiento. Pero seguían con vida. Entonces se había despertado. Y a pesar de lo terrible de aquellas imágenes eso no era lo peor.
A Ella le gustaba contemplar esa escena. Era brutalmente hermoso.
Se paro a pensar horrorizada, se sujetó la cabeza, ejerciendo tanta presión con sus dedos que se hacía daño, al mismo tiempo apoyaba su cabeza en el suelo. ¿Como podía ser capaz de algo tan cruel? Pero, esa era la expresión, brutalmente hermoso, la escena se había vuelto grotesca por momentos, pero aun así todo se hallaba en una extraña armonía, brutalmente hermoso…
Se irguió y soltó una sonora carcajada. Era brutalmente hermoso, al principio la había asqueado, pero, sin duda esa era la palabra, brutalmente hermoso. Quizás, allí se hallase la clave…
Capitulo tercero: Hoja, lys, lámina, garra y aguja.
Tras descansar un par de horas su mejoría era notable, su fiebre había disminuido, y comenzó a sentir hambre. Picó algo y se sentó delante del ordenador. Ahora solo tenía que encontrar un par de cosas… Tras horas buscando por ordenador se dio por satisfecha, había hecho su elección.
Tenía en mente lo que quería y sabía como conseguirlo. Esta vez si cenó con sus padres. El comedor se trataba de una estancia amplia, construida en madera, con grandes cristaleras permitían divisar la ciudad a sus pies, en el lado contrario se hallaba una elegante cocina de mármol, que tan solo era empleado por los miembros de la familia o sus huéspedes cuando deseaban preparar algo ellos mismos, normalmente su función era meramente estético, las auténticas cocinas se hallaban tras esta, en la habitación contigua. Esa noche no había invitados, por lo que habían utilizado una mesa pequeña y circular.
Su padre era un hombre alto y fornido, su gran tamaño lo hacia parecer mas un guardaespaldas que un político, pero sus modales, su manera de hablar y de actuar desmentían este hecho. Era rubio, y los ojos de su hija provenían sin lugar a dudas de los suyos, por lo demás esta no se parecía en nada a él, su ancha espalda, sus poderosos brazos y sus musculosas piernas eran la antítesis del frágil aspecto de su hija.
Su madre en cambio era exactamente igual que ella, bueno, ella era exactamente igual que su madre, la única diferencia radicaba en el color de sus ojos, en su madre eran de un calido color café.
Sus padres vestían con la elegancia propia de quienes podían permitirse cualquier lujo. Y ambos tenían un aspecto joven, no parecían haber alcanzado la treintena, cuando su hija adoptaba un semblante serio parecían de la misma edad. Los fármacos eran en buena parte responsables de este juvenil aspecto.
En cuanto a la cena, transcurrió como tantas otras, se cruzaron preguntas y respuestas, todas ellas vacías y triviales para ella, detestaba las conversaciones, raramente recalaban mas allá de lo que la sociedad en un momento dado había establecido como correcto. Siempre se repetían las mismas preguntas y respuestas, podía haber escrito el guión de la cena antes de entrar al comedor si lo hubiese deseado.
Todo, siempre era lo mismo, una rutina odiosa, que la aprisionaba y le impedía ser ella misma, aunque las respuestas o preguntas que surgiesen en su cerebro fuesen distintas de las habituales, estas morían antes de llegar a sus labios; podía deducir las reacciones que se darían, y con ellas el resto de la discusión. Y no merecía la pena.
Tras cenar, regreso a su habitación. Abrió su ropero y escogió lo que se pondría aquella noche. Botas con una pequeña plataforma, una minifalda y una camiseta pegada de manga corta, por último un largo abrigo, todo ello en negro.
Salió rápidamente de su casa, se movía con una velocidad que sorprendería a quien no la conociese, a pesar de frágil aspecto era una consumada deportista, hípica u natación eran solo dos ejemplos, también estaba familiarizada con algun arte marcial y el tiro con arco, entre otras disciplinas.
Avanzó cautelosa en la noche, no creía que le pasase nada, pero aun así no podía evitar sentirse nerviosa.
Llego hasta el linde de la zona más peligrosa de los suburbios, había escogido esa ropa por que le permitía camuflarse en la oscuridad, además de que podría hacer que la confundiesen con alguien que no desentonase en esos parajes, aunque fuese una prostituta…
De todas formas decidió arriesgarse. La zona de momento parecía bastante tranquila. Llego hasta una destartalada casa. Golpeó la puerta y al no obtener respuesta insistió de nuevo, cuando iba a probar suerte por tercera y última vez escuchó unos ruidos tras la puerta, se abrió una rejilla y un par ojos la miraron a través de esta.
A pesar de los malos modales que se denotaban a quien fuese que se hallaba al otro lado de la puerta, la cosa mejoro al asegurar que se trataba de una cliente, pero sobre todo tras mostrar un fajo de billetes. La puerta se abrió y pudo entrar.
Paso cerca de veinte minutos discutiendo con el anciano que encontró en el interior. Finalmente llegaron a un acuerdo, a pesar de las malas maneras de su anfitrión.
Salió del local y se dirigió de regreso a la parte alta de la ciudad.
Camino sin prisas, repasando todo aquello que le había sucedido en aquellas últimas veinticuatro horas. Aun no podía creerse lo que acababa de hacer, aquel encargo era el comienzo de algo mucho mayor.
Cayó de rodillas. Apoyó sus manos en el asfalto mientras le costaba respirar. Una parte de Ella aun se sentía asqueada, asqueada de si misma, tanto que no podía soportarlo, echó cuerpo a tierra y se sujeto la cabeza con las manos, apretando con fuerza, mientras las lagrimas brotaban. Era una persona completamente deleznable, no merecía existir, debería morir en ese mismo instante… Grito con todas sus fuerzas, clavó las uñas en su carne y se araño el rostro dolorosamente. Se levantó a continuación. Era alguien asquerosa, distinta a todos, pero eso era algo que había sabido desde siempre, nunca había expresado muchos de sus pensamientos debido a ello, nunca cambiaría y Ella lo sabía. A si que cambiaría su enfoque…
Se habían encendido luces en las casas cercanas. Salió corriendo a gran velocidad y no se detuvo hasta llegar a las cercanías de su casa. Saco el pequeño espejo que llevaba encima y arreglo su apariencia, luego desactivo el perímetro de seguridad lo justo para poder atravesarlo y después entro a su habitación a través del jardín.
Se tumbo en la cama, desde ella podía observar las estrellas, cosa imposible otras zonas de la ciudad, debido a la contaminación lumínica.
Poco a poco sus ojos se fueron cerrando y sin darse cuenta sucumbió al cansancio, y durmió profundamente durante toda la noche.
La luz la golpea con fuerza, le era imposible resistirlo durante más tiempo… Cuando abrió los ojos lo entendió, se había dormido tal cual había llegado a casa, sus livianas ropas no la habían estorbado pero el calido abrigo que había llevado para defenderse del frío nocturno, combinado con el sistema de climatización de la casa y el sol que entraba desde la claraboya, estaban asándola…
Se desnudo rápidamente, y sin pensarlo dos veces se zambulló en la piscina, realizó un par de largos con envidiable rapidez y después se limitó flotar tranquilamente. Al rato volvió a entrar en la casa y se duchó y acicaló. Tras eso desayunó.
Podía observar el día fuera a través de la cristalera del comedor, las nubes en la lejanía no oscurecían un sol radiante que destellaba en un brillante cielo azul, la primavera se había impuesto finalmente al invierno.
Un día hermoso, pero un bello día no era mas que un día que se burlaba de ella… Siempre lo había visto así, un día tan pleno… Y Ella estaba atrapada…
Pero eso empezaría a cambiar a partir de aquella noche, la vida podía volverse más… Entretenida… No pudo contener la sonrisa que afloro a sus labios.
Salió de la casa con una sensación extraña en el cuerpo, las cadenas por fin podían romperse. Sonrió ampliamente, más todavía al percatarse de aquella ironía.
Los días transcurrieron con normalidad, aunque introdujo una nueva rutina en su vida ampliando el tiempo que le dedicaba al deporte, practicando una nueva disciplina.
Volvió a prepararse igual que aquella noche, repitió todos sus movimientos, hasta que entró en aquel local.
Temblaba de la emoción, su lengua acarició la comisura de sus labios, relamiéndose de puro placer. Todo estaba listo. Y de un veloz movimiento, todo acabó. Y todo comenzó.
Capitulo cuarto: Vida y Muerte
De repente, sus ojos se abrieron de par en par y comenzó a alzarse, alerta. Reconoció la estancia y volvió a desplomarse pesadamente en la cama, al mismo tiempo que respiraba profundamente, no había sido más que una pesadilla… Se estaban volviendo cada vez más frecuentes… Le costaba conciliar el sueño por las noches. Todo ese montón de sentimientos y sensaciones enfrentadas y nauseabundas hacían presa en ella en sus momentos de debilidad, principalmente cuando se acostaba, entonces sentía que no merecía más que la peor de las muertes, rememoraba todas sus acciones, ¿Y que sentido tenía su existencia? No aportaba nada, nunca lo había hecho y nunca lo haría. Era una persona deleznable, cuantas veces no había deseado recibir el lúgubre consuelo de entregarse al éxtasis final de la muerte… Casi siempre acababa llorando, pero las lágrimas no eran consuelo, no hacían más que empeorarla… Cuando por fin caía rendida entre los brazos de Morfeo, no era sino para descubrir que no era este el custodio de su sueño, sino más bien su hermano, Fobetor, torturándola con pesadillas durante todo su sueño. Despertaba continuamente durante la noche, no podía soportarlo, era superior a ella… Al menos de día se encontraba lo suficientemente fuerte como para apartar aquellos pensamientos de su cabeza.
Pero no podía perder tiempo reflexionando, un día más tenía que ir al colegio, no lo soportaba… Ya había adquirido todos los conocimientos que necesitaría durante toda su vida, ¿para qué demonios tenía que marchar a ser encerraba varias horas a escuchar absurdos, inutilidades y cosas que ya conocía rodeada de ineptos muy inferiores a Ella?
Caminó tranquilamente hacía el baño, mientras se desvestía y todos esos pensamientos rondaban su mente, una vez duchada se vistió y mientras masticaba distraídamente su desayuno salio de casa. El sol ya era amo y señor de los cielos de la ciudad y las escasas nubes del firmamento eran incapaces de frenar el ímpetu del Astro Rey por lo que sus rayos apenas si encontraban obstáculo alguno y por ello, la temperatura comenzaba a ser agradable si bien por la mañana todavía era conveniente abrigarse. Paso a paso, repetía el mismo itinerario que siempre seguía, la odiosa rutina de nuevo, como el resto de mañanas las calles se vieron inundadas por la marea blanca formada por los uniformes de aquellos que marchaban, aquella era la palabra, marchar, a la escuela, como si marchasen al fin del mundo. Y lo que a ella le sugería siempre, tanto la expedición como el objetivo no era algo mucho mejor que ese fin del mundo, de hecho, en cierta manera era tanto el fin del mundo como el fin de los tiempos para ella.
Pero aquella pasada noche había dado el primer paso, no dejaría que la vida la encadenase, bajo ningún concepto.
Ya había llegado a la escuela, entró en los baños para salir a los dos minutos, tras esto, se introdujo en el aula.
Se sentó en su sitio, preparo sus cosas y esperó, la clase no tardo en comenzar, la profesora comenzó a recitar una serie de absurdos datos que nunca le serian de utilidad, bostezó, mientras tomaba apuntes sin prestar demasiada atención, lo hacía simplemente por pasar el rato…La clase por fin finalizó, pero la cosa no mejoraba, la próxima hora, era, si cabe, más aburrida que la anterior, religión. La religión había tenido sentido siglos atrás, cuando era empleada por las clases dirigentes para tener controlado al vulgo, pero hoy en día existían otros métodos para esto, la religión se había vuelto completamente superflua, carecía algún de sentido, y sus planteamientos eran obvia y plenamente absurdos…
Había pasado una mala noche, sus acciones, la perseguían en el reino onírico; en consecuencia sus ojos comenzaron a cerrarse poco a poco, pero unas palabras se colaron en su adormilada conciencia, removiéndola completamente, no podía creerlo, nunca hubiese podido imaginar algo así. ¿Acaso no eran sus pesadillas que la perseguían aún en la vigilia? Por fin llego la hora del recreo, no dejaba de pensar en lo que acababa de escuchar, aquello había salido reptando de sus pesadillas, y la había atacado allí donde nunca esperaría algo así. Aquel acontecimiento la había afectado más de lo que Ella se había imaginado, aunque intentó que no la afectase, se había colado en su vida, primeramente se había infiltrado en sus sueños, y se había adueñado de estos, tornándolos en terribles pesadillas, y ahora, habiéndose apoderado de su noche pretendía hacer lo mismo con el día… Se sentía fatal, su cuerpo reaccionaba ante lo que su mente quería ignorar… Podía sentir toda una vorágine de sentimientos en su interior que pugnaban por hacerse con el control, repugnancia, miedo, odio; pero todos estos sentimientos la apuntaban a Ella como culpable, Ella y solamente Ella. Finalmente su mente se quebró, se hundió, todo el optimismo y esperanzas de la mañana se desvanecieron.
No pudo soportarlo más.
Abrió la puerta del baño, todavía no sabía muy bien lo que estaba haciendo, las blancas baldosas resonaron bajo sus zapatos, saco un pequeño objeto de uno de sus bolsillos y sin saber muy bien que hacer se arrodilló en el centro de la estancia.
Se sentía sobrecogida, asustada, había pensado en ello muchas veces, pero nunca había llegado tan cerca, se encontraba indecisa, pero sobre todo absolutamente aterrorizada. Cogió aire con dificultad, intentando reunir fuerzas, pero volvió a expirarlo sin fuerzas, se veía incapaz de hacerlo y su cuerpo se rebelaba contra Ella, dificultando su respiración y paralizando sus extremidades, la pequeña hoja que sostenía en su mano derecha aun no había conseguido acariciar siquiera la fina piel que cubría su brazo izquierdo. Finalmente, mordió su labio inferior con fuerza, hasta que le dolió, y después, profirió un pequeño grito de ira y frustración, mientras movía su mano derecha haciéndose una pequeña herida en el brazo. Al sentir el dolor profirió un nuevo grito y apuñaló sin piedad su brazo izquierdo, atravesando piel, venas y músculo, alcanzando el hueso.
La sangre manó con profusión, podía sentirla abandonar su cuerpo con cada nuevo latido de su desbocado corazón. También podía sentir el dolor latir en su brazo, con cada vez más virulencia, con una sensación que era incapaz de describir. El frío suelo en el que se hallaba arrodillada se le hacía ajeno, lo único que cabía en su mente era ese terrible dolor, no existía para ella nada más.
Finalmente, mientras su vida se escapaba por sus heridas, su cuerpo se desplomó contra las gélidas baldosas pues su conciencia se había apagado, su débil cuerpo no había podido soportar ni el dolor ni la perdida de sangre.
No escuchó el grito. No contempló la escena, de singular y sádica belleza que había dejado su joven cuerpo, sobre un lecho escarlata de sangre, contrastando con el níveo color de suelo y paredes del pequeño baño.
Tampoco esperaba ver u oír algo más, ya no, jamás.
Capitulo quinto: Despertar y renacer
Sus ojos se abrieron con pesadez, su mirada errática divago por toda la habitación, incapaces de enfocarse en algo. Su cerebro trabajaba frenéticamente, intentando encajar las imágenes sueltas que salpicaban su memoria, en un relato coherente. Volvió a cerrar los ojos e intentó seguir descansando, se sentía agotada.
Cuando despertó de nuevo se sentía más despejada, esta vez sus ojos pudieron vislumbrar donde se hallaba: Una habitación en penumbra, Ella misma se encontraba tumbada en una cama, y como pudo observar mientras sus ojos se habituaban a la reinante oscuridad, se hallaba conectada a maquinas y bolsas de suero. Estaba en un hospital. En ese momento una riada de información irrumpió en su mente; había intentado sumergirse en el sueño eterno, pero parecía no haberlo logrado. Miró su brazo izquierdo, lo tenía inmovilizado, ya no le dolía sentía solo una pequeña molestia, por lo que supuso que estaba sedada. Giró su cabeza para, sorprendida, descubrir que no estaba sola en la habitación sentada en una silla, podía vislumbrar una silueta femenina.
Esta se acerco al ver que giraba su cabeza, y entonces pudo distinguir los rasgos de su madre, si bien unas marcadas ojeras que nunca le había visto se dibujaban bajo sus ojos. Las preguntas no se hicieron esperar, visiblemente nerviosa su madre se interesaba por Ella, que dubitativa no sabía que contestar, no había llegado a imaginarse una situación como esta.
Ella sabía perfectamente lo que su madre estaba pensando, y que era lo que quería preguntar, quería saber que la había llevado hasta tan drástica decisión. Pero no sabía que contestar, no estaba lista para hacer frente a la nueva situación. Había intentado huir, pues se veía incapaz de soportar la vida, y ahora tenía que enfrentarse de nuevo a esta con el problema añadido de ser una suicida… Se dio la vuelta en la cama, dando la espalda a su madre. Deseaba morir…
Cuando abrió la puerta pudo sentir como todos los ojos se clavaban en Ella, obviamente sus compañeras no esperaban su regreso y no sabían como debían comportarse. Ya había recibido el alta médica, su cuerpo estaba perfectamente, si bien, terribles cicatrices cruzaban la delicada piel de su brazo izquierdo. Respecto a su mente, obligada por sus padres, había pasado las últimas semanas con los mejores psicólogos, pero todos habían llegado a conclusiones distintas. Y ahora, volvía a estar en clase.
En silencio, mientras todas las cabezas de su clase se giraban siguiendo sus pasos, se encamino a su sitio, dejo la mochila junto a su pupitre, se sentó y dirigió su vista a la ventana, examinando el cielo mientras se sumía en sus pensamientos.
Su máscara se había roto, la vida era un descomunal baile de máscaras, todos portaban varias que alternaban de situación en situación mostrando a solo unos pocos su verdadero rostro. Y ahora su rostro era visible para todos, la máscara que durante tanto tiempo había construido y la había protegido se había quebrado, estaba desnuda ante el mundo.
Todos la compadecían y se interesaban por Ella. ¡Por Ella! ¡Ellos!
Ellos, todos, estúpidos e inferiores que no sabían nada. Que la habían condenado también a Ella a su mundo decepcionante, monótono, aburrido y repleto de mediocridad. Si ya aborrecía su vida antes no existían palabras para definir como se sentía entonces. Quería gritar, hundió sus uñas en su cuero cabelludo, mientras sentía como su respiración se aceleraba y la ira crecía en su interior; después, no pudo evitarlo, silenciosamente, rompió a llorar. Las lagrimas manaron de sus ojos, con la delicadeza de una caricia se deslizaron por sus mejillas y silenciosamente cayeron de su rostro. Trató de serenarse, enjuagó sus lágrimas, con torpeza se alzó y pidiendo permiso, se encaminó a los baños.
Contempló el suelo, el mismo lugar donde su cuerpo inerte se había desplomado después de que decidiese acabar con todo, los dedos de su mano derecha recorrieron con suavidad las marcas que había dejado la hoja sobre su delicada piel, estas se extendían sin piedad desde cerca de la muñeca hasta el codo, cerró los ojos y comprobó que su ira se había esfumado, se sentía relajada y calmada pero una extraña excitación recorría todo su cuerpo, se estremeció, no era la primera vez que se sentía así… Sin más, sonrió.
Serena, retorno a clase, una antigua idea había retornado a su mente, y esta vez no pensaba precipitarse pensaba disfrutarlo completamente, verdaderamente no podía evitar temblar ligeramente de la emoción. Para variar, no presto ninguna atención a la clase, claro, que al ser viernes no era la única.
Abrió los ojos, era tan agradable sentir como el calido líquido se deslizaba por su cuerpo… Salió de la ducha con una nube de vapor, se miró en un espejo, pero este estaba demasiado empañado por lo que sin siquiera secarse se dirigió a su habitación, ya habían pasado varias horas desde que había regresado del colegio, y su buen humor se mantenía. Ya en su habitación, abrió la puerta del ropero y examinó el reflejo que le ofrecía el espejo que se hallaba en el fondo, la que contemplo era una imagen de belleza clásica, la única imperfección que podía divisar la componían las tortuosas cicatrices de su brazo izquierdo, pero empezaban a serle agradables… Eran la imperfección que necesitaba para ser perfecta...
Sonriendo escogió la ropa que portaría esa noche, iría completamente de blanco. Antes de vestirse volvió a contemplar su reflejo, su hermoso cuerpo desnudo, se acarició orgullosa, perfecta, era perfecta
Capitulo sexto: Sola
Sola, estaba sola, siempre lo había estado, pero ahora estaba más sola que nunca. Siempre había sido distinta. ¿Superior quizá? Lo único claro es que eso le había costado toda compañía, siempre había estado rodeada de personas banales a las que jamás soportó, y la realidad había ido asfixiándola poco a poco, matándola en vida, hasta que no pudo más que despreciarla, al igual que el resto de seres con los que compartía existencia. Eso último la había conducido a tomar las peores decisiones de su vida. Sonrió, aunque el espejo le devolvió una amarga mueca, al menos habían sido sus propias decisiones, y no las que la vida le obligaba a tomar.
Se desvistió con suavidad, habían pasado varias horas desde que saliese, y se sentía mal, terriblemente mal. El proceso se repetía de nuevo, se había sentido ansiosa, después poderosa, luego satisfecha ¿Algo parecido a la felicidad? Y ahora volvía a sentirse vacía, con los sentimientos pugnando por salir de su interior.
Salió de la casa, le dio igual estar desnuda, la frescura de la noche la reconfortaba y la lluvia cayendo sobre Ella la tranquilizaba. Cruzó el jardín trasero, para internarse directamente en la colina en la que se asentaba el barrio rico de la ciudad.
No sabía con seguridad hacia donde se dirigía pero sus pasos la guiaban con decisión, una vez ganada la cima contemplo la ciudad.
Imponente. Fue la primera palabra que le vino al contemplar la ciudad. Originariamente estaba establecida sobre un valle, que tenía en el centro una pequeña colina, donde existió un castillo ya desaparecido, y donde Ella misma se hallaba en ese preciso instante. Pero la ciudad había crecido tanto que las montañas que circundaban el pequeño valle habían desaparecido ante la imparable urbanización.
Se tumbó sobre la hierba, pudo sentir con los elementos la acariciaban, el aire la embriaga con olores puros normalmente ahogados por una contaminada atmosfera, escuchaba como pequeñas gotas caían de una en una, desde las hojas de los árboles a la mullida hierba, incluso pudo ver algunas estrellas resplandecientes en el firmamento, formando el séquito de una espectacular y blanca luna.
Se sentía en paz, mucho más calmada, relajada, tranquila de lo que se había sentido jamás, se sentía…
Cerró los ojos, durante varios minutos, disfrutando la sensación.
Abrió los ojos, había tomado una decisión.
Hundió una fina aguja en su piel, varias veces, produjo una serie de agujeros lo suficientemente grandes en unos puntos clave.
Odiaba. Esa era la palabra que mejor podía describir sus sentimientos; lo odiaba todo, sus compañeros, sus conocidos, la humanidad, el mundo, la vida. Todo. Lo odiaba todo. ¡Todo intentando ocultar su esencia! ¡Su belleza! ¡Todo despreciando todo!
Ese todo no merecía nada. Estaba harta de una vida que la asfixiaba y encadenaba, se marcharía para siempre.
La sangre fluía con regularidad, vaciando de vida sus venas, y regando la hierba junto a Ella, un efímero y cruel espectáculo de la belleza, de la vida y de la muerte.
Su conciencia se apagó. Y después, nada.
“Ella, bella princesa, señora de todo y dueña de nada. Existió sin vivir, y murió sin sufrir. Nació sin entender y murió sin comprender”.
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Última edición por Lilith; 27-ago-2009 a las 05:24 .
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